MULTAN A PRESIDENTE.

Una tarde de 1939, el presidente Jorge Ubico salió de su oficina en el Palacio Nacional rumbo al sur sobre la Sexta Avenida de la zona 1 de la capital. El vehículo particular del presidente era conducido por el piloto al que llamaban el Canche Mendizábal. Lo acompañaba en el asiento de atrás, como de costumbre, un asistente vestido de civil.

Esta escena era común cuando viajaba hacia su finca San Agustín Las Minas —Villa Canales—. Tomaron por la Sexta Avenida y a las pocas cuadras le ordenó al piloto acelerar. Antes de llegar a la 10a. calle, un agente le marcó alto, pero Ubico le ordenó nuevamente al Canche que acelerara.

Ante la negativa de detenerse, el policía pitó más fuerte y le hizo una señal al agente que se encontraba en la 11 calle para que detuviera el vehículo transgresor. Con actitud enérgica, el guardia se paró a media avenida para detener el auto.

El agente, enfurecido, se acercó al piloto y le dijo: Deme su licencia de conducir

Aquí está y fíjese bien en mi nombre —expresó el Canche—.

Ya me fijé y reciba esta remisión por violar el reglamento —respondió el policía—.

Pero es que me ordenaron que corriera —trató de justificar—.

—Eso a mí no me importa, tome la remisión y páguela —ordenó el agente—.

Pero es que… ¿Ya te diste cuenta “precioso” que mi pasajero es el general Ubico? —dijo el piloto con aires de grandeza—.

—Pues a él mismo se la daría, si cometiera esta infracción —aseguró el policía—.

En medio de la discusión, el agente se fijó en el pasajero que iba en el sillón de atrás y reconoció a Ubico; le hizo el saludo y trató de disculparse. El mandatario ordenó a su piloto que recibiera la remisión y dijo: “Mañana recibirá usted su recompensa”.

Al día siguiente los dos guardias fueron ascendidos por haber demostrado que cumplían con sus deberes y Ubico dio al piloto el dinero para que pagara la multa. Sarcásticamente, el presidente le comentó a su asistente: “Este es capaz de que si le ordeno que suba al Volcán de Agua en línea recta, lo hace aunque nos matemos…

Extraído del libro El señor general, escrito por el coronel Enrique Ardón F. (1968)